Hubo un tiempo en el que pensaba que los brazos partían de los hombros y se extendían hasta la punta de los dedos. Es curiosa la percepción de nosotros mismos con la que crecemos; una cosa son los brazos, otra los hombros, otra el cuello…y así sucesivamente, es como si estuviésemos formados por diferentes piezas de Lego, unidas, si, porque no queda más remedio, pero absolutamente distintas. Ya hubo varias señales que me alertaban de que eso no era del todo cierto, la primera de ellas partió de un  profesor de violín que, inexplicablemente, insistía en que el violín se sostenía con la espalda. Yo le daba la razón pero interiormente sentía que, al menos para mi, eso era imposible. Otra la leí en uno de los libros de Kato Hávas (A New Approach to Violin Playing), en el que explica de manera muy interesante cómo se suspenden los brazos en el aire, comparando esta suspensión con la de un balancín en el que para que uno de los extremos suba, en el otro ha de haber un peso mayor, estando este peso, en el caso de los brazos, en la propia espalda, y por eso los brazos suben; en definitiva, los brazos no suben contra la fuerza de la gravedad, sino gracias a ella.

Luego recordé un dibujo que aparece en el libro de Dominique Hoppenot “El Violín Interior”, en el que el violinista, su violín, su arco y su propio cuerpo forman un círculo, este círculo simboliza conexión entre el instrumento y el cuerpo, y la energía que circula a través de éstos al tocar.

Y entonces llegó el día, el momento en el que mi profesora de Técnica Alexander, Asunción Tarrasó, dijo de la manera más sencilla y natural “¿dónde crees que empiezan los brazos?” “Aquí”-contesté inocentemente señalando mis hombros.”No, en los hombros no; comienzan en la espalda”-dijo señalando toda la parte superior de mi espalda.

Y entonces fue cuando lo comprendí y varias de mis piezas de Lego comenzaron a fundirse y conectarse entre sí.

Espalda

Foto de Nastassia Davis